Por Luis Aranguiz Kahn

Cuando estaba en la universidad, había vientos de socialcristianismo. La verdad es que nunca les presté atención, básicamente porque me parecía que era una posición muy propia de un cierto catolicismo elitista. Por lo mismo, en aquellos días encontraba sentido en otras posiciones que circulaban por el campus porque me parecían mucho más cercanas al menos desde un punto de vista social.

En las últimas semanas, y especialmente gracias al debate ha suscitado el comportamiento político del presidente de Renovación Nacional Mario Desbordes, se ha estado hablando más profusamente de una “sensibilidad socialcristiana” en la derecha. Aquí aparece el liderazgo que representa Diego Schalper desde luego. Socialcristianismo deviene entonces una de las “almas” que compone a la derecha, como ha señalado antes Hugo Herrera.

No obstante, como es sabido, el ideario socialcristiano en Chile, a diferencia de otras latitudes, ha estado en el centro-izquierda. Es indudable que en sus mejores días la DC logró captar la sensibilidad popular. Hoy ya no es así. Por lo tanto, la emergencia de una nueva “sensibilidad socialcristiana” se vuelve un tópico de interés porque, de alguna manera, viene a recuperar esa matriz ideológica y colocarla en otro lugar del espectro chileno.

Sin embargo, esta reubicación del ideario socialcristiano en el centro-derecha, que podría leerse también como una recuperación del ideario en el sector al que pertenecía, tiene algunos desafíos importantes. El primero de ellos es político, en cuanto que se trata de una posición a la derecha. Por lo cual habrá de sortear los prejuicios que puede atraer el situarse en ese sector. El segundo, asociado al anterior, es de índole ideológica: aunque quien conozca la historia política del país sabe que podría rastrearse todo esto por lo menos a las discusiones al interior del viejo Partido Conservador, habrá quienes requerirán una explicación ajustada a las circunstancias contemporáneas, y no solo en los sectores de la élite. Será necesario explicar porqué el socialcristianismo es hoy una ideología por la cual vale la pena apostar.

Un tercer desafío es su identidad y tiene dos vertientes. Que el nombre ideológico sea la palabra compuesta “socialcristianismo” implica hacerse cargo de esas dos palabras: qué significa “social”, y qué significa “cristiano”. La primera vertiente de este desafío tiene que ver con la identidad propiamente cristiana. Como ejemplo, baste recordar que tiempo atrás un ex presidente de la DC, sugirió cambiar el nombre del partido a “Partido Democrático de Centro”. Aunque esto no se ha concretado, es una señal importante sobre la cuestión por la identidad cristiana de un partido u organización política cristiana del cual es necesario hacerse cargo. La segunda vertiente de la cuestión identitaria tiene relación con lo social. El socialcristianismo no podrá germinar políticamente otra vez si se mantiene confinado como una ideología de élites, para el pueblo pero sin el pueblo. La vieja DC entendía la importancia no solo formular claramente sus ideas y propuestas, sino también de hacerlas entendibles para que fueran apropiables por un amplio público. Esto le permitió ganar confianza popular. En este sentido, cobra especial relevancia una observación que hiciera ese insigne DC que fue Claudio Orrego Vicuña cuando advirtió que en ocasiones: “se confunde la raíz cristiana de nuestra cultura (…) con ciertas formas de voluntarismo con las cuales se pretende orientar a las masas, a partir de perspectivas ideológicas o intelectuales elitistas e históricamente desarraigadas”. Es decir, él veía claramente el elitismo ideológico como un problema para el socialcristianismo en cuanto a su desarraigo de los sectores populares y sus dificultades.

El problema identitario socialcristiano tiene ante sí, además, dos cuestiones que enfrentar. La primera de ellas es la pérdida de confianza en las instituciones religiosas -la Iglesia Católica, pero también las iglesias evangélicas. Si bien es evidente que se trata de laicos con interés político y no de iniciativas de la Iglesia, el desprestigio de las instituciones religiosas puede alcanzar también a grupos para eclesiales con una cierta identidad más o menos cercana a una religión. La segunda cuestión es la buena acogida popular en esta circunstancia particular.

El problema identitario también cruza a los sectores evangélicos que buscan un resurgimiento del socialcristianismo. Por una parte, en general no ha habido en Chile movimientos socialcristianos evangélicos, y los nuevos grupos interesados en política tienen un marco ideológico generalmente difuso cuya matriz a veces es una suerte de pragmatismo fundamentalista más que una propuesta ideológica procesada. Lo que ha habido ha sido evangélicos que se han vinculado a las orgánicas socialcristianas existentes las cuales, huelga decirlo, han tenido un sello católico. De aquí que las opciones son o mantener una vinculación con orgánicas socialcristianas existentes, o levantar otras que provengan desde una matriz específicamente evangélica. Esto último requiere un trabajo sustancioso en la medida que la fundamentación del socialcristianismo de origen protestante o evangélico es distinta a la del católico, si bien en ocasiones llegan a conclusiones similares.

Una de las ventajas que tienen los evangélicos es que han forjado una identidad popular que les permite desenvolverse adecuadamente en sectores lejanos a las élites ideológicas de las que habló Orrego Vicuña. ¿Sería posible que socialcristianos católicos y evangélicos lograran una mutua colaboración? Tal vez, si los evangélicos interesados en el socialcristianismo hacen un trabajo intelectual sustantivo sin perder su sensibilidad popular, pueden contribuir a fortalecer el resurgimiento de un modo de pensar y hacer política que resulta especialmente necesario en días de crisis.