Por Luis Aranguiz Kahn

 

Como nunca antes en nuestra historia nacional, asistimos a un cada vez más creciente interés de actores evangélicos por participar en la vida pública, no solo de manera individual sino de manera colectiva, levantando ONGs, movimientos e incluso ahora, cinco partidos desperdigados a lo largo del país. Lo evangélico se nota en ellos tanto en su procedencia eclesiástica como sobre todo en su modo de pensar la interacción con la sociedad chilena. Cierto es: ha habido un giro en la medida que ha habido un despertar de interés por la cosa pública, pero ¿ha habido un giro en cuanto a considerar acabadamente las cuestiones teóricas que se esconden detrás del ejercicio político?

En efecto, el nuevo despertar por lo público es un cambio loable si uno lo compara con el pasado. ¿Quién podría negarlo luego de recordar que, hasta hace unos años atrás, incluso ir a la universidad parecía cosa del inframundo? Pero este giro debiese considerarse solo un primer paso, y no una meta. Muchos son los libros y columnas que circulan, de mayor o menor refinación, invitando a los evangélicos a sumarse a este despertar, pero pronto se extraña en toda esta producción un trabajo conceptual. Y esto porque, como bien sabemos, hay un vasto sector de los evangélicos que ha crecido bajo el alero de conocidas reticencias al ejercicio intelectual.

No digo con esto que en lo intelectual esté el futuro. Lo que digo es que una praxis política desprovista de una adecuada teoría, simplemente se queda en acciones que, carentes de orientación hacia una meta política concreta fruto de un examen detenido, dejan a los evangélicos a merced de intereses que no son los de ellos. En otros términos, se vuelven fácilmente instrumentalizables. Pueden ser efectivos captadores de votos, pero no efectivos propositores y diseñadores de políticas públicas, enraizadas en una concepción robusta de lo que se piensa que es lo mejor para el bienestar de las personas. De esta carencia de reflexión surgen fácilmente los fundamentalismos, que cuando se presentan en el plano político, exhiben al mundo su notable capacidad para obstruir el razonamiento cívico.

Es aquí cuando cobra importancia la idea de ir al pasado y observar cómo los cristianos han buscado reflexionar sobre las distintas circunstancias políticas en las que han habitado. Como es sabido, en Chile existe el notable caso del socialcristianismo católico y el actual resurgimiento de una sensibilidad socialcristiana. En el caso de los evangélicos, hay varias cuestiones sobre las que reflexionar, pero por lo pronto cabe considerar dos de manera detenida.

En primer lugar, la diversidad del campo evangélico pareciera imprimir una parálisis a todo intento de uniformidad. Aquello puede ser contraproducente en cuanto que se hace difícil aunar voluntades eclesiales. Pero en otro sentido, esto es de gran utilidad, porque permite definitivamente dejar fuera las tensiones propias de la clerocracia evangélica y convocar a personas provenientes de las distintas iglesias y denominaciones a una meta común fuera de los límites de la iglesia o denominación propia. Ahora bien, esto de ninguna forma sugiere que se omitan ciertas diferencias porque, por ejemplo, mucho tendrían que discutir los pentecostales con los presbiterianos en el campo teológico.

Pero si de lo que se trata es de pensar en común una idea del país que se quiere y de cómo contribuir al bienestar de todos los conciudadanos, el asunto es distinto. El presbiteriano podrá invocar, por ejemplo, a toda la tradición de pensamiento reformada en temas de sociedad. No tardarán en aparecer nombres como el de Abraham Kuyper y su concepto de la soberanía de las esferas. Lo mismo podría decirse de una serie de otras denominaciones provenientes de los días de la Reforma, que ya nos dejan más de 500 años de rica reflexión política desde un punto de vista cristiano. Desde estas formulaciones es fácilmente posible iniciar un intercambio de amistosa diferencia con la tradición católica de pensamiento socialcristiano, tan presente en nuestro país.

Pero el caso en Chile tiene una sutileza. Y esta es la segunda cuestión a considerar. Es un hecho que el despertar de interés político en Chile está siendo liderado por el sector evangélico mayoritario en Chile, es decir el pentecostal -con una creciente entrada del subsector neopentecostal. Por supuesto que hay este interés en otras denominaciones, pero son estos los grupos que lideran indefectiblemente todas las iniciativas contemporáneas más numerosas y visibles. El problema es que son estos los sectores que tienen una dificultad mayor con conceptos como el del cultivo intelectual y esto, por lo tanto, incide en su comprensión en ocasiones reductiva, del concepto de tradición -específicamente, de pensamiento.

Si la vida intelectual es importante en general, tanto más lo es cuando concierne a cuestiones políticas que refieren no solamente al desarrollo de un grupo de la sociedad como pueden ser las iglesias, sino a la sociedad toda. Por ello, si los grupos evangélicos interesados en política quieren tener algún éxito, no pueden prescindir del pensamiento, no pueden conformarse con la simpleza de un discurso emotivo, ni mucho menos pueden cerrarse a debatir seriamente con ideas que no son las de ellos porque entonces, ¿cómo probarán que su argumentación es mejor? Y más aún, ¿cuáles serán los criterios rectores de su toma de posición y decisión política si llegasen a poder hacerlo algún día? No en vano los sectores políticos y partidos tienen sus centros de pensamiento. ¿Por qué habría de ser diferente en el caso de los evangélicos?

“Guillermo Castillo de la Iglesia Evangélica Pentecostal y Domingo Taucán de la Iglesia Metodista Pentecostal, llamaban fervientemente a los fieles a cuidar y respetar la libertad de conciencia. ¿Por qué hoy no son referentes del pensamiento político de la tradición evangélica más grande del país, la pentecostal?”

Tal vez una ayuda a la familiaridad con el concepto de tradición de pensamiento podría ser que los propios pentecostales se vuelquen a conocer qué pensaban sobre los asuntos públicos los pastores del pasado. Solo por mencionar dos casos, resulta gratamente sorprendente encontrarse con que en la década de los 30, tiempos políticamente muy turbulentos en Chile, pastores de las dos iglesias pentecostales más grandes del país como por ejemplo Guillermo Castillo de la Iglesia Evangélica Pentecostal y Domingo Taucán de la Iglesia Metodista Pentecostal, llamaban fervientemente a los fieles a cuidar y respetar la libertad de conciencia. ¿Por qué hoy no son referentes del pensamiento político de la tradición evangélica más grande del país, la pentecostal? ¿Por qué los pentecostales contemporáneos no han prestado atención a la propia tradición? Cierto es, no quedaron tratados científicamente trabajados en materias como estas desde un punto de vista teológico y político, pero si vamos a los archivos, encontraremos mucho como lo que acabo de mencionar.

Así las cosas, los evangélicos estamos en un momento inédito. Pero el éxito futuro de esta nueva conciencia pública dependerá en buena medida de como nos relacionamos con el pasado. De aquí que al hablar de socialcristianismo evangélico chileno, hay que pensarlo como la armoniosa conjugación de varios elementos externos y locales que permitan construir un modelo propio, ajustado a las necesidades del contexto de Chile. Con esto se mantiene un vínculo positivo con una tradición de pensamiento, y al mismo tiempo se evita el caer en el intento estéril de aplicar abstracciones que poco tienen que ver con la realidad local.

Para avanzar un proyecto como este, hay que considerar primero la multiplicidad de ideas que se encuadran dentro de la amplia reflexión social cristiana; luego hay que considerar específicamente los alcances de la reflexión social cristiana al interior del mundo de la Reforma y sus derivados; y, por último, hay que considerar el desarrollo de las tradiciones evangélicas propias de Chile, en especial la pentecostal porque a diferencia de otras, ella fue forjada por el pueblo chileno. Nació aquí, creció aquí, también pensó aquí; como todas, pertenece al cielo, pero como ninguna, pertenece también al país.