No puedo decir que es un tema nuevo, pues desde hace veinte años que vengo escuchando uno u otro comentario al respecto. Recuerdo a una profesora, Angelina, en la enseñanza básica, enseñándonos que “los” también contiene a “las” en un grupo donde hay “los” y “las”, que el masculino prevalece para referirse al grupo. Los seres humanos, sin duda, estamos acostumbrados a que el lenguaje inclusivo se vea en que el masculino incluye al femenino y, si alguien quiere hacer la diferencia, simplemente la hace y habla a todos y a todas.

Han existido diversas formas para el tratamiento en el lenguaje, desde la formal “(a)” para indicar una posibilidad de femenino al enviar un mensaje-tipo-masculino o símbolos que incluyen ambos géneros “@”, “x”, entre otras situaciones que, en mayor o menor medida, pueden ser consideradas ingeniosas, graciosas, ridículas, etc., depende de quién la estime y de su trasfondo cultural.

Hoy por hoy, la discusión sobre este neolenguaje que se asume inclusivo se ha extrapolado a límites que no se veían hace unos años atrás. Bien, se entiende la lucha feminista por derechos e igualdad (y digo “se entiende” no el sentido de ampararla, solo en función de la comprensión de sus argumentos que no entraré a discutir en este texto), en tal sentido, el lenguaje también aporta realidades a las construcciones sociales que se van realizando, por lo que la inclusión del tratamiento o desinencia de femenino, junto a la pronunciación del masculino, es una cuestión totalmente lógica y válida dentro de la ideología, sin embargo, cuando nos vemos frente a una idea tan obstusa, es imposible no chocar con la realidad.

Ahora bien, más allá de la ideología por sí misma que sustenta esta cuasi opción de cambio de morfema para dar una semántica de género, quiero detenerme un poco en la motivación y hacer un mea culpa social. El hombre (el varón) es responsable del surgimiento del feminismo como ideología social en ámbitos académicos, privados, comunitarios, violentos, artísticos, pasivos, etc. Vamos un segundo al relato bíblico y preguntémonos por la figura adánica: ¿dónde estaba cuando la serpiente habla con Eva?, ¿dónde estaba cuando Caín mata a Abel?, ¿por qué culpa a Eva si él es el responsable del Huerto? Podría seguir con las preguntas, pero solo apuntaría al mismo foco: la figura del hombre ausente, que no asume su posición, que no se posiciona en su rol de hombre y la mujer que se ve obligada a asumir y dar la cara en todo tipo de situaciones: he aquí la primera ola del feminismo, quizá casi involuntaria, de la historia.

Ser creyente o no es indiferente al ejemplo utilizado, nuestras sociedades occidentales se han fundado en base a creencias cristianas (y, en parte, innegablemente, las orientales también tienen algo de esto), donde el primer hombre no es capaz de cumplir su responsabilidad, causando un desgobierno, desarmonía, desigualdad, injustica en la creación y generando modelos culturales en base a una caída que desenfoca, confunde, distorsiona y desposiciona los roles de varón y mujer. Esta iniquidad se va a mantener a lo largo de las generaciones con mayor o menor media y traerá incidencias sociales que afectarán los roles de varón y mujer: desde la timidez a la intimidación, desde la dejación hasta el abuso. Pareciera que no hay vuelta atrás y nuestras sociedades se siguen desarrollando con un problema de rechazo a cuestas.

Esto es algo de lo que debemos hacernos cargo, devolviendo a cada uno el rol al que fue designado y con rol, no me refiero a que una mujer no pueda hacer de mecánico y un hombre no pueda bailar ballet, no me refiero a que deba existir una brecha salarial, no me refiero a que la mujer sea para la cocina o sea una menor categoría de persona. No. Jamás. Con cumplir un rol me refiero a que cada uno tiene funciones que hacen desarrollar el matrimonio, la casa, la sociedad y la creación bajo una armonía perfecta o, quizá, con caídas en el camino, pero yendo hacia la estatura perfecta.

El punto no es ir en contra de quienes actúan motivados por el rechazo que impulsa paralizaciones, tomas de establecimientos, marchas destructivas, entre otras cosas o, quizá, un rechazo que intenta resituar a una voz de la sociedad, a través de la desarticulación del rol que por mucho tiempo le mantuvo oprimida dentro del sistema. El punto no está en abrazar esta forma de lenguaje y suponer que, con esto, se daría una solución al problema de la desigualdad. El punto está en que este nuevo lenguaje solo es el fruto de una semilla que ha sido plantada hace muchos años y que, con el pasar del tiempo, echó una raíz de amargura, dolor y rechazo en la sociedad. Reírse y criticar es bastante fácil, pero es importante buscar una posición distinta y preguntarse ¿qué estoy haciendo por solucionar la raíz del problema? ¿Qué estamos haciendo como sociedad para que el corazón de la ciudad, de la historia y de las generaciones sea genuinamente sanado de este rechazo cultural?

 

Gabriel Muñoz