Por Luis Aranguiz Kahn

Llevar el socialcristianismo a la práctica política no es en modo alguno una tarea sencilla. Luego de que un cristiano reconoce que sus creencias lo llaman a un compromiso con la sociedad y de involucrarse en esfuerzos por transformarla, le toca enfrentar las sinuosidades de su contexto, de su realidad política. Esto implica que debe informarse para reconocer claramente cuáles son las otras ideas que circulan en su medio y así saber cuál es el grado de cercanía o de lejanía con cada una de ellas, a fin de saber con quién puede aliarse y con quien no. Por ello también es necesario saber quienes son los que las promueven, porque bien puede darse que haya quienes no actúan conforme a las ideas que promueven.

Los socialcristianos desde un principio reconocieron que había dos posiciones claramente delimitadas, no desprovistas de diversidad interna pero que, en todo caso, agrupaban a dos sectores. Los procesos industriales en occidente llevaron a los países mas avanzados a un progreso y desarrollo inédito en la historia. El dominio de las ciencias y el desarrollo tecnológico se volvieron objeto de competencia. Empresas de todo tipo se levantaron. Adquirió plena forma el capitalismo y una formulación ideológica tras él que lo podía justificar, el liberalismo. Así, los liberales serían los grandes promotores del progreso, de la industria, del mercado, de los negocios internacionales.

Pero este desarrollo exponencial no solo reportó beneficios inesperados. También trajo consigo el perjuicio especialmente hacia los desfavorecidos. Se formó una nueva clase, la de los trabajadores. Vivían en condiciones paupérrimas, aportando su fuerza a la obtención de recursos de los que ellos mismos no gozaban. Hacinados, ganando salarios insuficientes, sin acceso a servicios, pronto los trabajadores iban a darse cuenta de que no había para ellos lo que había para sus jefes y patrones. En este ambiente surgirían posturas que enfatizaron fuertemente la intervención del estado en materia social y, lo que había tras estas posturas usualmente eran formulaciones ideológicas que justificaban la revolución contra el capitalismo. Así es como apareció el socialismo, el marxismo y sus diversas formas, para mostrar que si el progreso técnico no iba acompañado del bienestar para todos, entonces no había progreso alguno.

Fue en medio de estas dos grandes corrientes que la Iglesia Católica y también algunos protestantes, buscaron formular una vía media que sirviera tanto para evitar las desigualdades abismantes que había entre trabajadores y empresarios, como para evitar una revolución que en nombre de la igualdad habría de costar la sangre y el fratricidio de los pueblos. Los cristianos que así pensaban no inventaron nada nuevo. Por el contrario, recurrieron a las mas diversas fuentes de la milenaria tradición bíblica y cristiana para pensar sobre el valor del trabajo, sobre la equidad y sobre el orden social. No era deseable ni un capitalismo liberal desatado que llevase a desigualdades grotescas, como tampoco era deseable un estatismo colectivista que acabase en abyectas violaciones de la libertad humana. No bastaba, sin embargo, negarlos. Era necesario dar forma a ideas que pudieran competirles en la vida democrática.

Fue así que, recuperando una de las ideas más caras a la tradición cristiana, los distintos pensadores realzaron la idea del ser humano como imagen y semejanza de Dios. Recuperaron el concepto de “persona”, no solo para cuestionar la concepción de “individuo” de los liberales, sino también para cuestionar el colectivismo porque ambos, de alguna forma, degradaban el valor de la persona. No está de sobra señalar que el modelo nacional socialista y su racismo era repudiable. Asimismo, recuperaron la idea de comunidad, porque el ser humano no es un individuo aislado de los demás, y tampoco es un ser que se desvanece en medio de la muchedumbre, sino que pertenece a un conjunto social en el que es necesaria la colaboración y la solidaridad entre todos.

El siglo XX fue testigo de los conflictos más destructivos que pudieron darse entre las naciones que proponían uno u otro modelo de comprensión de la vida común. La destrucción claro está, fue no solo material. Fueron millones de personas, no individuos, no engranajes, las que perecieron. Chile poco vio de todo aquello, pero las repercusiones también se dejaron sentir en este lejano país. Había socialcristianos chilenos que miraban con interés cómo en la Europa de posguerra la recuperación de la democracia estuvo en manos de socialdemócratas y socialcristianos. Uno de ellos fue el candidato presidencial del Partido Conservador Eduardo Cruz Coke.

El médico no era del agrado de todos. Considerado populista, los liberales se negaron a darle el apoyo que necesitaba. El sector tradicionalista de su partido tampoco lo apreciaba. El quiebre de la alianza liberal-conservadora que se produjo en torno a su persona llevó a la presidencia al radical Gabriel González Videla en 1946. Esta división interna en la derecha entre capitalismo liberal y populismo socialcristiano -en esos términos lo explica la historiadora Sofía Correa- empujó a los socialcristianos conservadores al centro-izquierda, donde junto con la Falange Nacional acabaron fundando la Democracia Cristiana en 1957.

Ahora bien, ¿qué hacía a Cruz Coke un personaje tan preocupante? Se dice que era carismático, lo cual suponía el riesgo de que el candidato importara más que los partidos; lo acusaron de socialista por su preocupación social aun cuando era de derechas. Pero ¿qué ideas eran las de Cruz Coke? No quería una primacía del Estado, pero tampoco una primacía del mercado. Lo que él pensaba es que ambos debían estar al servicio del bien común y el ser humano. A diferencia del marxismo y el liberalismo, decía Cruz Coke que “para el cristiano, el centro de gravedad es la persona”.

No es posible saber qué clase de presidente habría sido. Tampoco qué resultados habría tenido su gobierno. Lo que si puede decirse es que incomodó a su sector no solo por su política populista – ¿o habrá sido, más bien, una política popular? – sino también por sus principios e ideas. Una sensibilidad o política popular -que no populista- y un énfasis en la persona humana por sobre toda otra consideración para el bien de la sociedad, son precisamente los elementos que se requieren para que exista, otra vez, una fuerza socialcristiana en nuestra crítica circunstancia.

 

Sobre el autor:

Luis Aranguiz Kahn:   Licenciado en Letras mención Lingüística y Literatura Hispánicas, Minor en Teología, Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC). Magister © en Estudios Internacionales, Instituto de Estudios Avanzados, Universidad de Santiago de Chile (USACH). Diplomado de extensión en “Cultura Judía” y Diplomado de extensión en “religiones comparadas” Centro de Estudios Judaicos (CEJ), Universidad de Chile (UCh).  Diplomado de extensión en “Teología, Política y Sociedad” y   Diplomado de extensión en “Mundo Árabe Contemporáneo”, Centro de Estudios Árabes, UCh.