Por Luis Aranguiz Kahn

En el amplio arco de las ideas políticas de los últimos dos siglos, hay algunos temas de preocupación permanente como por ejemplo la relación entre Estado y mercado, las formas de la democracia y la concepción que se tiene del ser humano. Todas estas palabras, que en principio pueden parecer mera cuestión teórica, han acabado en la realización de formas de vida social con consecuencias concretas. Por ello, no se trata simplemente de ideas que permanecen únicamente en el plano intelectual sino acaban por afectar la vida cotidiana de los seres humanos organizados socialmente.

Una mirada general de los diversos actores socialcristianos, ya sea pensadores o políticos, nos permite encontrar algunas semejanzas importantes. Si bien las diferencias pueden acentuarse dependiendo de la procedencia eclesial, del contexto histórico nacional, regional e internacional o del propósito político, hay ciertos tópicos en los que hay un cierto acuerdo explícito o implícito transversal. El socialcristianismo no tiene que ser considerado únicamente como un modo de acción política, si bien su meta es precisamente esa. Es, ante todo, un modo de comprender la cuestión de la política, los asuntos relativos a la vida en
común.

Una de las discusiones más interesantes que se arrastra desde los orígenes del socialcristianismo, es el lugar que le cabe a la Iglesia en los asuntos políticos, sociales y públicos. Si bien en tradiciones como la protestante y la católica este es un tema que ha sido largamente trabajado y no merecería mayor abundamiento en el presente, cuando se observa el difuso desarrollo de la política evangélica latinoamericana, la cuestión por el lugar de la Iglesia en los asuntos políticos se torna, nuevamente, fundamental.

En efecto, los discursos evangélicos orientados a la acción política en nuestra región están cargados de varios presupuestos que conviene problematizar. Una de las consecuencias directas de la falta de producción de pensamiento político ha sido el que en ocasiones los planos de la iglesia y el estado tiendan a confundirse en los discursos y prácticas. Algunas de las acusaciones recurrentes contra los evangélicos es que son “teocráticos” y “fundamentalistas”.

Mucho me temo que de pronto, ni los propios evangélicos saben si son teocráticos o fundamentalistas. Tampoco hay que obviar que ambos términos tienen acepciones académicas o disciplinarias, pero también se usan como motes peyorativos desde una postura laicisista para cooptar todo lo que parezca participación religiosa en la vida pública.

Aquí ya queda claro que hay un problema de doble vía: por una parte, lo que se piensa en
sociedad respecto a la participación religiosa en la vida pública, y lo que se piensa desde el
cristianismo particularmente sobre la participación de los creyentes en dicha vida. Consideremos aquí esto último desde una óptica socialcristiana.

Los socialcristianos siempre han entendido que su identidad es primeramente cristiana. Esto
significa que tienen como marco de referencia y acción una cierta batería de enseñanzas que pueden rastrearse sin más hasta los propios textos evangélicos y al amplio depósito bíblico. Asumen que estas enseñanzas han tenido un desarrollo interpretativo en diversos contextos en los que los cristianos han actuado a través de la historia y se enfrentan a los problemas contemporáneos tomando en cuenta todo este acervo como su primera referencia.

Por lo tanto, la primera pregunta que se hace un socialcristiano es: en cuanto que soy cristiano ¿cómo pienso y actúo en y ante la sociedad en que me encuentro? Y más aún, ¿cómo pensamos y actuamos en y ante la sociedad, en cuanto cristianos? Si bien para católicos y protestantes el concepto de iglesia no es el mismo, ambos estarán de acuerdo en que la iglesia es una gran comunidad de personas que comparten una fe, y también concordarán en que, si se trata de una fe auténtica, ha de tener consecuencias en la vida cotidiana, concreta, con acciones que den muestra de que el cristianismo es un modo de vida que es distinto de otros, porque concibe a los seres humanos de manera distinta a otros. Esta primera apreciación desafía a los evangélicos a examinar sus enseñanzas y ver si se distinguen realmente de otras ideas que circulan o gobiernan, o si son más bien deudores de ellas quizá sin haberlo notado.

Pero luego de este primer razonamiento se abre una discusión que tiene repercusiones directas en una acción política: ¿Qué es la iglesia y hasta qué punto ha de involucrarse? Uno de los aspectos principales que siempre ha distinguido al socialcristianismo es que si bien los líderes de partidos y movimientos han solido identificarse con una iglesia o confesión en particular, han mantenido una separación de órdenes. Es decir: se establece un límite de acción más o menos claro tanto entre la iglesia y sus clérigos, y los laicos en política. A ambos competen de alguna manera los asuntos públicos, pero el movimiento o partido si bien tiene ideas emanadas de las enseñanzas cristianas, si bien sus miembros pueden identificarse con esas enseñanzas y con una institución religiosa; mantienen sin embargo a su partido o movimiento con independencia de instituciones religiosas porque el campo de acción de ellos es propiamente político y no religioso. De aquí el conocido adagio de Abraham Kuyper en Países Bajos, quien fuera un férreo opositor a cualquier forma de teocracia: una iglesia libre en un estado libre. Esta distinción de ordenes es precisamente una que suele ser muy difusa hoy entre evangélicos. Con lamentable razón ha podido llegar a señalarse que existen “iglesias-partido”.

En vista de lo anterior, un asunto capital que han de resolver los evangélicos interesados en política es si están dispuestos a establecer una clara diferencia entre sus militancias eclesiásticas y sus acciones políticas, no por una simple cuestión de opción personal, sino porque son ordenes distintos y la historia ha mostrado que mezclarlos no trae las mejores consecuencias. Una cosa es la iglesia, otra el Estado y los asuntos políticos. De esto han aprendido católicos y protestantes para cultivar una fecunda fe política.