Autor: Angelo Palomino Diaz

Los últimos meses y años han mostrado un panorama abrumador para los niños de nuestro país. Conocida es la cifra de 1.313 muertes de niños, niñas y adolescentes bajo los cuidados del Estado en los centros del SENAME durante el periodo de alrededor de una década, agravada mucho más en la conciencia social con los casos de abusos, cuyo dramatismo dio pie a la discusión sobre una ampliación de la actual pena máxima.

Sobre ese contexto de graves vulneraciones a los niños, no podía hacerse esperar la necesidad de plantear cambios significativos al SENAME, como la evidente separación entre un servicio enfocado en los niños vulnerados y otro servicio enfocado en los niños infractores de la ley y también el correspondiente aumento de recursos. Pero ¿sería suficiente con estas modificaciones u otras de carácter institucional y técnico-económico para resolver el deficiente trato que hemos tenido con los niños y adolescentes de nuestro país? Evidentemente no.

Las acciones públicas tendientes a resolver este tipo de temáticas sociales suelen ser guiadas por miradas técnicas que reconocen principios de la economía como la existencia de “recursos escasos y necesidades ilimitadas”. Un planteamiento teórico que permite relativizar esta ley económica priorizando ciertas necesidades por sobre otras, es la “pirámide de necesidades” propuesta por Abraham Maslow.

La propuesta de Maslow señala, básicamente, que las necesidades humanas pueden ser priorizadas o jerarquizadas de acuerdo a su orden de importancia, de modo que habría necesidades que requieren ser satisfechas de forma más urgente que otras (ubicadas en la base de la pirámide) y, una que vez que estas son cubiertas, el ser humano puede movilizarse para cubrir las otras necesidades (ubicadas en la cima de la pirámide). Entonces, en la primera escala estarían las necesidades fisiológicas como la respiración y alimentación; en la segunda escala las necesidades de seguridad física y protección; en la tercera escala las necesidades de afiliación y afecto; en cuarto lugar, las necesidades de reconocimiento y, finalmente, las necesidades de autorrealización.

El funcionamiento del SENAME (y seguramente otras respuestas estatales) parece seguir este planteamiento. Un organismo que existe para intentar dar solución a un problema social que, al asignar recursos, prioriza otorgando dichos recursos en “las necesidades más urgente”, obviando el resto de las escalas de “necesidades que parecen menos relevantes”. El SENAME ha logrado, no exento de problemas y cuestionamientos, suplir la primera escala y, en algunos casos, la segunda. Es esperable que no cumpla con la cuarta y quinta escala de necesidad, pero definitivamente el estado de vulneración de los niños, niñas y adolescentes que llegan a tener contacto con el SENAME requiere de la tercera escala: ellos necesitan ser provistos de afecto y amor y no solo de techo y comida.

En efecto, para los niños, la nutrición emocional es tan importante como la nutrición física. Los niños que crecen en un ambiente familiar que les brinda amor se desarrollan física, psicológica y socialmente más sanos. UNESCO ha reconocido que “la autoconfianza, la autoestima, la seguridad, la capacidad de compartir y amar e incluso las habilidades intelectuales y sociales, tienen sus raíces en las experiencias vividas durante la primera infancia en el seno familiar”. Este organismo plantea que un niño que es amado tiene mayores posibilidades de convertirse en un adulto que es feliz y que se desarrolla positivamente en los distintos ámbitos de su vida, en lo educativo, laboral y social.

Por el contrario, numerosas investigaciones científicas han señalado que los niños que carecen de amor o que han vivido experiencias infantiles adversas, como el maltrato, el abuso sexual o emocional, separación de padres, entre otros, tienen una mayor propensión a la generación de efectos negativos en la salud mental y física cuando crecen. Algunas consecuencias señaladas por las investigaciones son déficit en el desarrollo psicomotor, alteraciones en el estado nutricional, problemas de crecimiento, menor coeficiente intelectual, retardo en el desarrollo del lenguaje, mayor posibilidad de enfermedades cardiacas, asma, trastorno del sueño. Además de aspectos sociales como bajo rendimiento escolar, falta de identidad, desinterés personal, retraimiento social, incapacidad para mantener relaciones estables, dificultades para sobrellevar presiones externas, alcoholismo, conductas delictivas y falta de competencias parentales.

En definitiva, para bien o para mal, lo que ocurre en la infancia repercute en la trayectoria de vida de la persona, afectando directamente su calidad de vida. De modo que se requieren de cambios profundos, tanto en nuestro trato social con la niñez como en el SENAME, institución que ha demostrado carecer de la capacidad terapéutica necesaria. Muestra de ello es que cerca de la mitad de los reos pasó parte de su infancia en el SENAME.

Un primer atisbo de solución es que, tras una reforma en los centros de internación, exista un trato mucho más personalizado por parte de los cuidadores, a fin de establecer relaciones de afectividad significativas, que contribuyan a atenuar y reparar las relaciones negativas precedentes de los niños. Siguiendo a John Bowlby, la relación de afecto y el sentido de saberse amado y aceptado por los padres o una figura protectora es crucial para el correcto desarrollo emocional y psicológico de los niños. Con todo, los centros de internación no son la solución óptima. Las investigaciones señalan que los niños criados en estos centros muestran no solo una menor calidad de vida, sino también dificultad para comprender relaciones familiares básicas, propensión a la agresividad, a la ansiedad, a la baja autoestima, a la depresión, entre otros aspectos.

Una salida con mayor luz es provista por “las familias de acogida”, que consisten en un grupo familiar que se compromete a recibir a un niño vulnerado por un determinado periodo de tiempo, otorgándole la posibilidad de crecer en el ambiente que jamás debió arrebatársele y que, quizás, ninguna institución pueda entregar. Es mejor la calidez del amor entregado por una familia, que exponer a los niños vulnerados a la frialdad de instituciones estatales. Es mejor la entrega de amor desinteresado de este grupo familiar a la superficialidad de organizaciones privadas, que tienden, en no pocas ocasiones, a buscar más la captación de recursos que el correcto desarrollo de los niños.

Afortunadamente, en materia de infancia, los impulsos exiguos del gobierno saliente fueron opuestos por el dinamismo y priorización del gobierno entrante. La idea de “los niños primeros en la fila” ha abierto una ventana de oportunidades para los cambios necesarios. Esperemos que las transformaciones no solo sean institucionales y económicas, sino que, además, tengan en vista la necesidad de potenciar este componente afectivo como un elemento central, “sacando a Maslow del SENAME”, porque los niños, niñas y adolescentes necesitan techo y comida, pero también un ambiente de amor familiar.

Es probable que una política pública de este estilo tenga no solo beneficios sociales, sino también económicos, al ahorrarle al país los costos generacionales de una cuota relevante de adultos afectados y enfermos emocional, psicológica y físicamente (incluso en la cárcel) por haber sido niños carentes de afecto y amor. No olvidemos los altos costos de la salud en nuestro país y de que el Estado paga más del doble por un reo de lo que gasta por un niño en el SENAME.

Autor: Angelo Palomino Diaz