por Luis Aránguiz Kahn

 

Chile ha caído en el populismo. Esta es una tesis que se ha instalado con fuerza en la discusión pública en los últimos días luego de que el congreso aprobara el retiro de fondos de AFP. Los congresistas de izquierdas y de derechas, se dice, aprobaron esta ley porque desean ganarse el favor de una sociedad que desde hace unos meses ha manifestado abiertamente su descontento no contra un sector político en particular, sino contra la élite política en general.

Las alarmas antipopulistas se han encendido para denunciar como populismo esta necesidad de recuperar el favor de la ciudadanía, pero esto no necesariamente es populismo. Si bien el descontento social, la crisis económica y la crisis sanitaria son variables que permiten pensar en el aprovechamiento estratégico, pragmático y efectivamente populista de votaciones como la mencionada, aquello no invalida que haya de hecho una renovada preocupación social. Esta diferencia interpretativa ha tenido especial repercusión en la derecha dado que en el contexto de la mencionada discusión sobre fondos de AFP, congresistas de Renovación Nacional (RN) pero también, lo que es mas llamativo, de la Unión Demócrata Independiente (UDI), adoptaron una posición favorable. ¿Es una derecha social, histórica, que busca diferenciarse la derecha economicista liberal, o es simplemente una caída populista?

El populismo, pese a las diversas variantes del término, en general engloba una serie de características para señalar una estrategia política en la que un líder personalista que, apuntando contra las elites y la institucionalidad, apela a una masa usualmente desorganizada -evadiendo así con mayor o menor matiz, la estructuración política por partidos- y construyendo discursivamente un “pueblo” con una identidad común de carácter usualmente homogéneo. Tal vez algunos de estos elementos estén hoy presentes en la práctica de algunos políticos, pero es evidente que, al precisar el concepto, son pocos los que podrían ser justamente etiquetados así.

Si bien el populista apela al pueblo, eso no quiere decir que apelar al pueblo sea algo necesariamente populista. Si bien el populista dibuja los contornos del pueblo al que apela, eso no quiere decir que el pueblo sea simplemente una ficción populista. Por el contrario, “pueblo” es una noción que ha estado en permanente discusión en este país como en muchos. Por ello, es posible decir que una política para el pueblo no necesariamente es populista y, por lo tanto, hay que distinguir entre política populista y política popular.

En el caso de Chile, una de las formulaciones más recientes la ha hecho Hugo Herrera. Aunque su afirmación según la cual “el pueblo es como una divinidad” ha merecido más de una crítica, lo cierto es que al menos Herrera ha intentado perfilar este sujeto caótico capaz de transmutar a la vida política y social con su reclamo de justicia. Y este reclamo es legítimo. Para Herrera, es precisamente el pueblo uno de los aspectos que ha estado ausente en la reflexión política y por eso, entre los fundamentos que sienta para una renovada comprensión y acción, está el así llamado “principio popular”, que apunta a integrar a los grupos humanos, sin desconocer las diferencias, para la construcción de lazos afectivos y espirituales comunes. Después de todo, aunque entre ellos haya tensiones, habitan un mismo territorio que les hace necesariamente tener experiencias comunes y, por ello, una integración en la diferencia robustece la convivencia.

“Una estrategia política en la que un líder personalista que, apuntando contra las elites y la institucionalidad, apela a una masa usualmente desorganizada -evadiendo así con mayor o menor matiz, la estructuración política por partidos- y construyendo discursivamente un “pueblo” con una identidad común de carácter usualmente homogéneo.”

En el marco de la reflexión socialcristiana también se encuentra esta preocupación. En efecto, si nos remitimos al pasado chileno, el arco de partidos de esa tendencia tuvo un rol importante en lo que refiere a pensar la política como una cuestión que no es puramente técnica. Más allá de las diferencias de enfoque que hubiera entre ellos, los socialcristianos desde el Partido Conservador hasta la Democracia Cristiana compartían una preocupación por el conjunto, por la unidad de la vida común.

Jacques Maritain, pese a no gozar de una recepción uniforme entre los católicos del siglo pasado, comprendió al “pueblo” como un concepto capital en la vida política. En su perspectiva, designa a la multitud de personas que están unidas bajo leyes para una vida común y que constituyen finalmente la sociedad. En este sentido, el pueblo está por sobre el Estado, porque es el pueblo el que lo hace posible y, por lo tanto, en sus palabras “el estado es para el pueblo” y no al revés.

Difícilmente podría decirse que la política populista sea conveniente para un país, más aún en circunstancias como las nuestras. Los líderes de este perfil pueden ocasionar severos daños a la institucionalidad y al tejido social. Pero lo que no debiese negarse y, al contrario, lo que debiese promoverse, es un ejercicio político fuertemente preocupado del pueblo, del bien común y de una integración en la diferencia que permita fortalecer un sentido de unidad y de comunidad. De este modo, una sólida política popular puede ser un adecuado correctivo al riesgo real de una dañosa caída en la política populista.