Autor: Julio Valenzuela Ruiz

Termina el año y, junto a la alegría de las fiestas, kilos de más, lluvias inesperadas y un largo etcétera, queda en la memoria inmediata la suerte de guerrilla digital que se observó hace algunas semanas en redes sociales entre una empresa de lácteos chilena, versus competidoras extranjeras. De alguna forma, muchos de nosotros nos inmiscuimos en esta especie de “guerra santa” por el libre mercado, compartiendo publicaciones, dando el nunca bien ponderado “like” y opinando en estos combates, cuyo teatro de operaciones eran las redes.

Sin embargo, tras todo el ruido, es posible encontrarse con un interesante concepto, cuyo origen y dinámica, pese a contar con más de 150 años de antigüedad, cobra una vigencia inesperada. Me refiero a las cooperativas y al concepto de cooperativismo como herramienta de desarrollo económico y justicia social (la empresa chilena en cuestión es una cooperativa).

No existe una fecha exacta y que genere consenso absoluto respecto a este modelo de operación económica. Si queremos ser exegéticos, encontramos en el libro de Los Hechos la referencia a que la Iglesia primitiva, la cual se desarrollaba bajo el concepto de comunidad, hacía ejercicio de un esquema en el cual se nos dice que “tenían todas las cosas en común”.

No obstante lo anterior y, para desencanto de mis amigos que se emocionan rápidamente con todo término que empiece con la raíz “comun…”, en el siglo XIX, se comienza a desarrollar el concepto de cooperativa (el cual siempre estuvo presente de diversas formas en la Europa renacentista), pero que toma cuerpo a partir del conocido “Estatuto de Rochdale” de 1844, en el cual una agrupación de obreros textiles desempleados, quienes con un aporte inicial per cápita de 28 peniques cada uno, establecieron una carta de principios que, hasta hoy, se considera la guía del movimiento cooperativo moderno…una especie de “cueva de adulam” del emprendimiento, auto sustentabilidad y desarrollo.

Lo entretenido de esta historia es que, según la investigación del profesor Garteiz-Aurrecoa de la Universidad de Deusto (País Vasco, España), se logró establecer que en su inicio la visión del ideario cooperativo proviene del movimiento cristiano cuáquero, el cual procuró replicar un modelo de ayuda mutua y desarrollo tal como las primeras comunidades cristianas de occidente («Peter Cornelius Plockboy y la República Cooperativa»).

De esta forma, encontramos un correlato interesante a los cientos de cuestionamientos, críticas y discusiones tan amplias (a la vez que vagas) respecto a lo que se denomina “el modelo” y en donde siempre ha habido más de algún hijo de Dios activamente involucrado.

La historia y el concepto de las cooperativas en Chile y el resto del mundo supera por lejos la tramposa lectura binaria de izquierdas y derechas respecto del desarrollo económico y, antes bien, nos invita a revisar con más dedicación, teniendo en una mano la Biblia y, en la otra, un libro de historia, para ir descubriendo que el “siniestro” capital, antes de repartirlo, hay que aprender a crearlo…..y al parecer los cristianos antiguos dieron con un diseño.

Resulta sumamente interesante que hoy las empresas de mayor crecimiento en su valoración y en participación de mercado son aquellas basadas en lo que se conoce como economías colaborativas. La empresa de transporte de pasajeros más grande del mundo que no posee como suyo ni un solo vehículo; la marca que registra el mayor número de reservas hoteleras online y que no tiene ni siquiera una cabaña con su marca, dan cuenta que los principios de colaboración, virtualidad y valor compartido están muy lejos de ser conceptos etéreos e irrelevantes.

Un concepto que se repite en la revisión de literatura respecto a la historia de las cooperativas, era la exigencia de un alto grado de ética, como requisito para formar parte de una de éstas agrupaciones. Sin ir más lejos, los firmantes del documento de 1844 se hicieron llamar “Los Probos Pioneros de Rochdale”. No es difícil imaginar que el activo más escaso que se observaba en aquel tiempo se vincula con la carencia de nuestra sociedad actual: la ausencia de ética y la consiguiente falta de confianza.

En nuestro país, la primera ley de cooperativas fue promulgada en 1924 y su última modificación se hizo el año 2002. En todo este trayecto vieron épocas de auge y otras en las cuales se les quitaron atribuciones para desincentivarlas, sin embargo, sobreviven hasta hoy. Hay documentos de iglesias evangélicas que, en el territorio de Bío Bío, en la década del ´60, formaron incipientes cooperativas de pescadores y pirquineros.

Resulta curioso constatar que hoy, el Estado, ha provisto instrumentos de fomento para este tipo de organizaciones, sin embargo, la tasa de creación es muy baja y uno de los principales argumentos para esto es la falta de confianza y el individualismo en extremo. Nuevamente la raíz del problema no está en las tasas de rentabilidad ni en el retorno de la inversión, sino en el corazón de las personas.

Cooperar, diseñar modelos colaborativos, crear y compartir valor, entendiendo que de ésta forma se multiplica, parece estar en el ADN de los valores cristianos. En un tiempo histórico como el nuestro, en el que “el clamor por la manifestación de los hijos de luz” se hace más fuerte y urgente, bien haríamos en revisar esos diseños, volver a los orígenes, comparar modelos y cerciorarnos por nosotros mismos, que muchos con muy poco (sin tener un smartphone ni facebook) fueron capaces de proponer, modelar e implementar respuestas.

Autor: Julio Valenzuela Ruiz