Sin duda los hechos y argumentos que implican un proceso constituyente, invitan a un debate social importante. La polarización que secunda a este proceso es irrefrenable, y hasta la civilización más avanzada sufre un cambio en la presión atmosférica considerable cuando se enfrenta a estas situaciones. Durante los últimos días, dentro de Reforma Chile no ha sido la excepción. El encuentro de argumentos del apruebo y el rechazo ha dado paso a discusiones menores, como lo son las formalidades del debate y el uso de los espacios de comunicación, debido a lo cual, hemos debido ponderar la no saturación de los grupos de Whatsapp con la libertad de expresión de cada integrante de ellos.

Uno de los principales argumentos esgrimidos para la búsqueda del cambio constitucional es que la actual Carta Magna carece de legitimidad histórica, por el contexto en el cual se dio su elaboración y aprobación popular. Es por esto que el plebiscito de entrada permite sanar esa herida nacional, ocasión en la que tanto quienes aprueban y rechazan, pueden examinar el contenido de la Constitución Política de la República vigente y decidir si aprueban o rechazan su cambio.

En una abstracción teórica, quienes votan “apruebo” deberían hacerlo porque rechazan la actual Constitución, y quienes voten “rechazo” deberían hacerlo por que aprueban la actual Carta Magna. No obstante, los argumentos actuales circulan por otras veredas que poco tienen que ver con la constitución o, mejor dicho, poco tienen que ver con lo que una constitución es.

En las últimas tres décadas, Jürgen Habermas dio visibilidad global al concepto de “patriotismo constitucional”. Se trata de una especie de intento de refundación nacional, mediante el establecimiento de valores centrales que, como contenidos universalmente aceptados por la ciudadanía, permitirían orientar el desarrollo social de la nación que, privada de sus otros elementos subjetivos, debe encontrar una razón para la unidad nacional. Chile tiene su propia profunda herida, que viene de mucho antes del quiebre social, político e institucional de la década del 70. Su crisis es de identidad, de sentido de pertenencia, de visión social y de un relato que la acompañe. Lo que actualmente busca es el consuelo del abandono de un Estado frente a sus expectativas, en una Carta Fundamental y refundacional.

Hay Constituciones “mínimas” (me permito ocupar esta expresión deliberadamente), que establecen una orgánica simple, un catálogo de derechos fundamentales sin hacer una determinación extensa de ellos, y algunas precisiones dogmáticas sobre el Estado y su relación con el individuo. Del mismo modo, también hay Constituciones que buscan regular la sociedad en su conjunto, estableciendo las normas necesarias para asegurar una buena convivencia nacional. Hasta el momento, la opinión pública se manifiesta por esta segunda opción, aunque en la práctica (con la dinámica de un probable veto de 1/3 en aquellas materias más discutidas, que generalmente obedecen a temas ideológicos) puede darse la primera de ellas. Pero lo que puedo asegurar, que se apruebe o rechace, constitución mínima o extensa, Estado subsidiario, solidario, de bienestar o social, el vacío en el corazón de Chile aún seguirá presente.

Sabemos que Cristo sana, salva y restaura, tanto vidas como comunidades. Hoy como nunca se hace necesaria la predicación del evangelio en todo nuestro país, las buenas y nuevas noticias, de que hay sanidad para Chile, hay esperanza para nuestros corazones heridos y nuestra visión dolida por ver tanto sufrimiento, que se origina y recibe en el corazón del hombre. Es Cristo para Chile y no Chile para Cristo lo que hoy necesitamos, comunicar adecuadamente ese amor sacrificial, para los que aprueban y para los que rechazan. Creo que desde esa sanidad y desde ese amor podremos desarrollar una visión país, que nos conduzca a la prosperidad y la tan anhelada paz social.

Por otro lado, desde nuestra cosmovisión emergen principios y valores que han sustentado naciones prósperas y que se encaminan al desarrollo. La premisa de Weber no es una quimera. Es posible construir una sociedad desde los valores del protestantismo, que no sólo tiene la capacidad de regular política y socialmente la nación, sino de traer saciedad a quienes tienen sed de justicia, y entregar paz, como en el mundo no la hay.

 

Elias Ramos, Abogado, Director Reforma Chile.